Un automatismo programable aborta la línea temporal antes de que dé inicio. No sólo es una forma de matar el tiempo, sino que elimina a priori la posibilidad de la temporalidad, la sustituye por un proceso de datos abstracto. El horizonte de los acontecimientos, difuso, imprevisible, irrepetible e inaccesible, es todo lo contrario a un automatismo, es el tiempo en libertad, en estado puro, no sabe de aplicaciones y desconoce las tareas, los trabajos a ejecutar. Es un destino inejecutable e improgramable. Cuando la aplicación es lo único que pasa, nada pasa en realidad, todo se detiene, el panorama aparece vacío de acontecimientos, el tiempo se acumula, como un desecho, sin generar instantes privilegiados. Proceso desustanciado como identidad absoluta del What´s up con el WhatsApp. La máquina toma el control. El precio que hay que pagar por la accesibilidad y la previsibilidad de la aplicación, del trabajo programado, la diversión asistida, es la desaparición del tiempo estelar, fulminante, la pérdida del éxtasis como salida de uno mismo y la condena a un automatismo que renueva la identidad, y sella las entradas y las salidas, con una identidad mecánica añadida. El júbilo deja lugar a una apatía ocupada, frenética; el entretenimiento sustituye al tiempo de la vida, al devenir del mundo.
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XIX
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XV
Las balas son los exponentes perfectos de una época deudora de la mecánica newtoniana. El choque, la explosión, la ignición, la expulsión de gases, el giro de la bala en el interior del cañón en el sentido del reloj, gracias a las rayas helicoidales, que proporcionan estabilidad y disminuyen el rozamiento para conseguir precisión, y la trayectoria final alcanzada, ejemplifican paso a paso lo esencial de la mecánica. Cada bala es una unidad de conocimiento. Propiamente hablando, la bala es sólo el proyectil y el cartucho es el conjunto formado por el fulminante, la vaina y la bala. Los gases de la combustión de la pólvora son los que empujan a la bala; la pólvora no explosiona, se quema. Este núcleo del saber decimonónico tendría en la actualidad su equivalente paródico en un objeto mucho más inmaterial: el bit, la unidad mínima de información, como punto vital, nodo de entrecruzamiento de las disciplinas y las diversas áreas del saber, esquematismo último que cierra la totalidad del espacio técnico y científico. El peligro en este caso no reside en su elevada tasa de mortalidad, sino precisamente en que no mata, pero se extiende y ocupa todo el espacio a su alcance, parece tener por último objetivo, de ahí su naturaleza viral, reproducirse a sí mismo al infinito y relegar las formas de vida a un carácter suplementario, una zona periférica al procesamiento de la información. De la bala al bit, del proyectil mecánico al proyectil binario, se efectúa el paso de las heridas de bala y el goteo de la sangre, al zumbido incesante de las máquinas y el flujo de los datos.
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